
En 48 metros cuadrados, el techo parecía bajo. Se ocultó un perfil perimetral cálido, se bajó el nivel ambiental y se acentuaron estantes con haces estrechos. El espacio ganó altura percibida, los objetos importantes respiraron y la noche se volvió íntima. Lo valioso: no se añadió más potencia, solo se redistribuyó con inteligencia, logrando sensación de categoría sin tocar la obra gruesa.

Un local con iluminación plana no invitaba a quedarse. Se crearon escenas para pre-servicio, servicio y sobremesa, con acentos en vajilla y texturas de muros. Se controló el deslumbramiento en barra y se suavizaron mesas. El tiempo de permanencia subió, las fotos en redes mejoraron y el ticket acompañó. La inversión principal fue control y ópticas, no luminarias ostentosas, demostrando rentabilidad del cuidado lumínico.

Se eliminó el plafón central deslumbrante y se incorporó luz perimetral muy baja, lectura con cutoff, y sensores suaves para pasos nocturnos. La temperatura de color desciende automáticamente por la tarde. El resultado fue sueño más rápido y despertar amable. La habitación luce más lujosa, aunque no hay piezas llamativas: todo se siente pensado para el cuerpo, los ojos y la serenidad cotidiana.